MONSTRUO DE MAR
Para matar las horas de pánico durante las tormentas
algunos marinos prefieren recordar sus amores impracticables,
acompañan la lobreguez torrencial
con órdenes burladas y litros de vodka.
El más joven de los navíos hace el servicio de mesa
improvisando la etiqueta con las copas robadas
de la recámara del capitán,
y parece que lo hace bien
porque todos sentimos que una nueva música
estaña las voces guturales del mar.
La mesa de los que recuerdan sus desengaños
es la que más rápido consume su licor,
yo prefiero estar en la mesa del fondo
riéndome de la angustia que no me corresponde;
todos sabemos que tendremos la misma muerte,
pero es más divertido pensar que terminaremos en una orgía con tres sirenas
y no en las fauces de un ballenato.
Nosotros, los valientes de la mesa del fondo,
no queremos recordar a nadie.
Ya no importa haber sido memorables para alguien
Esta es nuestra fiesta de despedida,
sumergida en el salitre de su propio océano,
donde el loco que ve monstruos
me acusa de tener la frialdad de uno de esos reptiles milenarios.
Me entretiene que pueda tener razón.
Siempre me sentí como una especie de lagarto
que aguarda días, semanas y meses por una presa
jugosa para no compartir en su pantano;
un engendro mimético
que se camufla en la fastuosidad de su víctima
para desgarrarla de un solo bocado
desangrándola hasta dejarla a merced de los buitres,
un reptante sin manada,
un asesino que ríe porque no encuentra a su sombra.
Eso explicaría el por qué no me interesa que mis fallidas víctimas me recuerden,
el por qué no temo a quedar a la deriva
en un océano para el que soy anfibio,
el por qué mi lengua bífida inmoviliza a otras especies,
el por qué mi sangre mantiene su hielo sempiterno,
el por qué ataco grupos alejados y no mesas copadas,
el por qué tomo el sol de la mañana y cazo en las noches
logrando que todos piensen que soy un animal diurno.
El sol ha comenzado a entrar sobre la proa;
llega hasta la mesa de los que recordaron sus absurdos sentimentales,
obviamente ebrios de vodka y de atrición;
la tormenta de anoche ahora es otra historia de bitácora
y todos empiezan a despertar con el júbilo del sobreviviente
calentándoles las venas;
se abrazan a la esperanza de poder seguir
sumergiendo sus vidas,
yo los abrazo,
pero mi sangre sigue fría.
SEÑORA, ME GUSTARÍA QUE CERRARA LA BOCA
Señora, si no le importa, me gustaría que cerrara la boca
permita que el volumen de sus labios supere el de sus palabras
detenga los miasmas de su cabeza
sé que es impulsiva
que cuando quiere estar sola se va de camping
y cuando quiere resarcir su ego derriba las montañas de los otros
por favor
sienta ahora el impulso de callarse
no lo piense tanto
al fin y al cabo así hace usted las cosas
a veces envidio su manera de articularse
moviéndose a zancadas sobre la superficie anegada por esos incómodos pozos de símbolos raros
déjelos de lado
continúe ignorándolos
no meta las patas en ellos
manténgase alejada de cualquier profundidad
sus vuelos cortos tan cerca del suelo pueden ser bastante provocativos
como una perdiz extraviada en busca de cazador
como el simulacro de un paso en falso
aún así
le pido de buena manera
que me haga el favor de cerrar el pico
perdóneme si me sumo a los indolentes que no les importa su paseo por los campos elíseos
ni la huella de malla arrastrándose sobre sus pantorrillas
la noche escondida en sus cuadriláteros no es suficiente para mantenerme insomne
no preste atención a las bofetadas de los muertos
ni al panegírico levantado para acendrar sus memorias
eso no es para usted
por favor no me mire así
no deje que la indignación le impida cerrar la boca
anímese, siga el impulso y ciérrela
eso es
sé de buena fuente
de su voracidad para llamar la atención con los vapores de su vestido
algo plausible en verdad
pero jamás la había visto tan incitante como cuando una de sus mayores cavidades opta por el silencio
siento que comprende lo que le digo
que cuando levanta la mirada está haciendo un análisis
y no buscando en qué lugar del techo extravió el entendimiento
no tema a andar por ahí escaldando sus dudas
humeantes
ablandándolas para encontrar respuestas
en tanto supera esa pavura natural
oculte su debilidad
guárdesela debajo de la lengua y déjela fermentar en la afonía
no me malinterprete
el rictus de la inocencia hacia todo conocimiento
se ve adorable sobre sus mejillas
no sea que por un movimiento de su mandíbula
o de su frente
su mayor y único encanto se corte con una arruga.
ORNITOLOGÍA NOCTURNA
A las aves que escogen volar de noche no les gustan las bienvenidas.
Habitualmente llegan cuando uno entra en el clímax
de las palabras malogradas,
aguardando a que permitamos que otro que vive dentro de uno
empiece a invocarlas.
Otras veces,
uno las espera por horas,
uno se fuma un cigarro, va al baño y vuelve a esperar,
pero apenas tiene difusas noticias de los vientos que las pueden traer hasta acá.
En tanto,
se prepara un nido plácido
con vino añejo y galletitas de vainilla,
pero así son las visitas,
sobre todo cuando vienen de un país que no tiene geografía.
Uno finge mirar para otro lado
escudándolas en miles de odiseas,
pero sólo el cielo sabe en qué lupanar etéreo están acicalando sus miserias.
Al levantar la mano derecha un coro de lobos comienza su sinfonía,
atacan los excusas que nos quedan acerca del retraso
de estos plumíferos sinvergüenzas;
al bajar la mano, ellos callan,
y quedan en el fondo los pasos vacíos de todas las avenidas.
Estas aves no obedecen a los estudios de los ornitólogos,
no migran a tierras cálidas para su etapa de apareamiento.
Cuando son invocadas de día,
vuelan sobre los impetuosos
cagándonos a carcajadas.
A veces tienen cantos poco confiables,
como si nos dijeran que las esperáramos para almorzar,
pero uno ya sabe que prefieren los lugares despoblados,
agrietados por baños de luna,
para alimentarse, fornicar y abandonar sus huevos.
Uno no se cansa de ponerles trampas,
de estudiar sus comportamientos,
a sabiendas de la profunda desolación
que deja saber tan poco sobre ellas
al final de cada jornada.
Y llega el punto en que uno decide abandonarlo todo
gritándoles con una voz enmohecida
que ya no las espera.
Que uno está despierto en la madrugada con un nido de vino y galletas
por el simple placer de desvelarse,
que se pueden devolver al maldito pantano de donde salieron,
que uno ya aprendió a vivir sin ellas,
que uno ha dejado de ser uno
y ha aceptado convertirse en uno de tantos mortales
que de día sólo hacen filas y pagan impuestos.
¿A quién le interesa un pájaro agorero con horario de meretriz,
capaz de abandonar sus huevos a algún insomne
para que termine sus versos?
Cuando salga el sol me exultaré en su presencia
y le diré que el reino de la luz,
el de los horarios de oficina,
el de los niños de colegio,
por fin me ha recuperado.
Que las noches no volverán a mantenerme en vela
con sus escandalosas pisadas de gato,
y que desde hoy renuncio a la tortuosa tarea ……
Un momento.
Algo está picoteando mi ventana.
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